A unos 60 metros de la colina delante de mí, el conductor de un Audi blanco me pedaleando tranquilamente y decide que puede vencerme. El único problema es que yo voy a 48 kilómetros por hora de subida, cerca de la velocidad promedio de un ciclista del Tour de Francia… en bajada.

Cuando el conductor se da cuenta de que voy más rápido de lo que él pensaba, vacila y se detiene justo frente a mí. Le doy a los frenos, la rueda trasera colea y me deslizo hasta un alto desde donde puedo ver la mirada de sorpresa en el rostro del conductor.

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Así es la vida de un ciclista a bordo de una bicicleta eléctrica Stromer ST2 S.

Inspirado por Tesla, el emprendedor suizo de bicicletas Thomas Binggeli fundó Stromer en 2008 como una forma de resolver problemas como el tráfico, la salud, y la sostenibilidad.

Las ventas de bicicletas eléctricas se han disparado en la última década, con un crecimiento de dos dígitos en 2015. Un estudio reciente estima que para 2025, la industria de las bicicletas eléctricas podría ver ganancias de más de 24 mil millones de dólares, desde un estimado de casi 15.7 mil millones en 2016.

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Parte de esa explosión tiene que ver con la tecnología de bajo costo. A diferencia de los scooters o las motocicletas eléctricas, una bicicleta requiere una cierta cantidad de pedaleo similar a la de un entrenamiento ligero. Y uno necesita una licencia especial para operarla. Una bicicleta eléctrica estándar puede empezar en los 500 dólares (poco más de 10 mil pesos), pero a 9 mil 999 dólares (más de 200 mil pesos), la ST2 S que probé es la más cara del mercado.

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